Huir
Arithon | Publicado un
sábado, marzo 26, 2011 at 12:54AM La ciudad, alguna vez bella, nueva, querida, ahora sucumbía a su suciedad que se pegaba en sus hojas, que caían al verdadero mar de concreto, como los charcos que ahora formaban las nubes.
Era tarde. Tarde como nunca en un ciudad que no duerme nunca, activa, incansable como solo ella puede serlo, tarde como las hojas se ponen amarillas y dejan de colorear los grises paisajes del otoño.
Parecía como si la gente quisiera evitar que avanzara. Bloqueaban su paso como el mismo miedo que sentía, que atrofiaba sus movimientos y que tal vez, pensaba, era finalmente lo que no lo dejaba avanzar.
Ya no reconocía las calles por la que caminaba, o corría, no lo sabía. Algo le decía que escapara, que corriera lejos de la ciudad, del mundo, sabía que inevitablemente no podría avanzar, sabía que nadie puede correr para siempre, pero no quería pensarlo, quería simplemente irse lejos, más allá de lo conocido.
No veía a nadie. La gente lo había dejado pasar, tal vez intuían que no había nada que hacer para parar a ese viejo loco que corría sin razón, o tal vez se veían en él, veían su futuro en una carrera que no se puede ganar.
Le pareció que las luces habían bajado su intensidad. No conocía esta parte de la ciudad. Todo era oscuro, muy oscuro, y el agua que le escurría por la espalda lo enfriaba hasta calarle los huesos.
Lo peor no era el frío, era el miedo, un miedo indeleble que parecía rodearlo como neblina. Apuró el paso, aunque ya no le veía sentido, casi no podía moverse. Sintió un abrazo gélido y una sensación de serenidad absoluta.
Algo golpeó la madera, solemne, lento. La neblina que cubría la habitación se disipó. La lluvia cesó y la ciudad, estoica, comenzó un nuevo día.



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