Este post viene de un trabajo que estoy haciendo para Criminología. La idea era elegir un delito que tu cometerías, explicando todas las circunstancias del hecho, y luego analizarlo desde la perspectiva del ramo. Aunque el cuento está basado en ciertos hechos reales de mi vida, la mayoría es exagerado y/o inexacto, así que no se lo tomen demasiado en serio en ese sentido. Espero que les guste.
EDIT: Actualizado. Había una cuestión de estilo que quedó mejor ahora (gracias, Chec, por la sugerencia) y ciertos errores de tiempo.
Que puedo decir de mi infancia? Fue un permanente anhelo, pero nunca un resultado. Nací en una familia tradicional, de estrato alto, en la que nunca nos faltaron los bienes básicos. Tengo un hermano mayor al que siempre seguí, al ver que siempre hacía lo que quería y lo lograba con éxito: estudió literatura y logró consolidarse como profesor y como escritor en el ámbito nacional. Además tuvo apoyo cuando era menor: tenía problemas a la espalda, lo que hizo que sufriera mucho con sus dolores, y luego una operación muy complicada: fue el centro de atención de mis padres, yo no. Incluso fue al sicólogo cuando niño, a mi nunca me mandaron. Eso me hizo sentir menos que mis demás hermanos, especialmente considerando que mi hermana es bipolar y la otra, la menor, el centro de atención de todo el colegio. Siempre fui el que no tenía problemas: no podía tenerlos, los otros eran mucho más importantes.
En el colegio, era la persona rara en quien todos se fijaban pero con el que nadie hablaba. Tenía otros gustos: parecía haber nacido viejo. Conversaba con los auxiliares, las secretarias, los profesores, mucho más que con mis propios compañeros que parecían inmersos, primero, en el mundo de los juegos infantiles, y luego en la persecución del perfecto “carrete”. Esas cosas nunca me interesaron, prefería pensar en cualquier cosa, en mi mismo, en como funcionaba la gente… eso me hacía estar siempre distraído, pensando en otra cosa. Con mis compañeros no tenía tema: como iba a tenerlo si no hacíamos lo mismo, no pensábamos lo mismo. Parecía como si la gente que estaba en mi misma realidad social no era cercana a mi. Me sentía muy solo.
Excepto en la casa de mi abuela. Mi abuela si se fijaba en mi. Me preguntaba como me iba en el colegio, me regalaba su comprensión que a mi me parecía infinita, siempre escuchando, y siempre dando buenos consejos. Cuando me quedaba callado no me miraba con la típica mirada cruel de los adultos, esa que te juzga, que dice que todo es tu culpa, solo callaba y dejaba que yo dijera lo que quisiera decir, nada más ni nada menos. Era como la amiga que nunca tuve.
Su casa era pequeña pero llena de detalles, con un orden tan particular que nunca lo olvidaré. El salón era la habitación más grande de la casa. Tenía dos sillones grandes de una misma tela naranja, tres o cuatro sillas en el mismo estilo y un piano que para mi era enorme. En el lugar más destacado, en el centro de la pared, mi abuela tenía un cuadro muy grande. Era un retrato de un hombre con una mano dentro de su chaqueta negra apoyado con su otra mano en una mesa, con una expresión de seriedad que parecía forzada y que dejaba entrever una simpatía no muy bien oculta, casi una sonrisa.
Sólo por mirarlo me alegraba, pero el buen hombre tenía un secreto. A veces, mi abuela me llevaba a su salón, diciendo que “el señor” tenía un regalo para mi. Yo lo miraba intensamente, mi abuela apagaba las luces, se acercaba al cuadro y hacía como si sacara algo de dentro de la chaqueta de este señor antiguo. Luego, cuando prendía las luces, me daba los chocolates que el señor supuestamente tenía en su chaqueta.
El sólo recuerdo del cuadro me trae una felicidad inmensa. Es el amor de mi abuela y la felicidad del cuadro y la base de la comprensión que ella me entregaba.
Mientras crecía descubrí el secreto, era mi abuela la que me entregaba los chocolates. Pero eso nunca me quitó la sensación de felicidad que me daba al mirar el cuadro, allí, en el centro del salón de mi querida abuela.
Llegué al final de colegio. Después de dar la prueba de selección y quedar en una universidad tradicional, mi abuela se enfermó, y me dijeron a mi, que era el más cercano a ella, que fuera a cuidarla por un tiempo. Mi abuela vivía sola, mi abuelo había muerto cuando yo era muy niño, y pesar de que la veía al menos una vez por semana esta vez necesitaba mi compañía. Me quedé una semana con ella, hasta que logró recuperarse de su enfermedad. Uno de los últimos días en que estuvo en cama, mi abuela me dijo una cosa de la que nunca me voy a olvidar: “Sé que cuando me muera, te acordarás de mi. Quiero que sepas, el cuadro del salón es de un pariente tuyo, y desde que lo tengo me ha dado buena suerte. Sé que hará lo mismo contigo. Cada vez que lo mires, piensa en mi.”
Nunca nos alejamos demasiado. Pero mi abuela estaba cada vez más afectada por la edad. Le costaba muchísimo caminar, y luego de unos años quedó postrada en cama. Terminando el cuarto año de mi carrera, y después de una fuerte enfermedad que la hizo sufrir muchísimo, murió.
Estuve desconsolado por muchísimo tiempo. No podía ser que mi querida abuela ya no estuviera conmigo. Mis amigos trataban de calmarme, pero debí sufrir en silencio. Finalmente, y no sin un dejo de melancolía que me marcó para siempre, logré continuar con mi vida.
Mis tíos y mi madre se reunieron para realizar las gestiones de la herencia, ya que mi abuela no había dejado testamento. Mi abuela tenía muchísimas deudas, ya que pagó, junto con su marido, la educación de todos sus hijos y la vida cómoda que llevaban. Mis bisabuelos habían sido ricos, pero lo perdieron todo por malos negocios, y mi abuela tuvo que trabajar por si misma y luego con mi abuelo. Cuando murió mi abuelo, y como ella no trabajaba, no pudo más que pagar las deudas con lo poco que tenía de pensión, por lo que quedaron muchas pendientes.
Mis parientes decidieron finalmente repudiar la herencia y comprar los bienes más importantes para ellos en el remate. Le rogué a mi madre para que comprara el cuadro, quería poder hacer lo que mi abuela me dijo. A mi madre no le gustaba mucho el cuadro, siempre le dio un poco de miedo, pero de cualquier forma accedió.
El día del remate mi madre ofreció una cantidad bastante grande, yo ya pensaba que el cuadro estaría en mi casa, acompañándome, pero mi hermano ofreció una suma mucho mayor que mi madre no podía pagar, y terminó quedándose con él.
No puedo describir la tristeza, la desesperación, y, no puedo negarlo, el odio que sentí cuando mi hermano compró el cuadro. El siempre lo había tenido todo, se lo habían dado todo, y ahora quería lo único que fue mío. Mi abuela, su recuerdo… Que sabía él de lo que realmente valía ese cuadro?
Nunca fui una persona violenta. Nunca antes había pensado seriamente en hacerle daño a alguien, pero esa vez si lo consideré. Desde ese momento me obsesioné con tenerlo de cualquier forma posible.
Continué deseperado por la situación por un tiempo más, hasta que mi hermano nos visitó en la casa de mis padres, donde yo aún vivía. Después de almorzar, al sentarse en el salón, se le cayó un llavero del bolsillo. Ahí fue cuando una idea quedó en mi mente: podía quedarme con el cuadro sin que nadie supiera, y de todas formas era probable que mi hermano nunca se diera cuenta.
Cuando se fue, sin decirle nada guardé las llaves y les saqué copia. El día siguiente, cuando preguntó si estaban allí las llaves le dije que las había encontrado, y se las devolví cuando las vino a buscar.
Ahora tocaba esperar a que la casa estuviera vacía. No fue demasiada espera. Cuando supe que mi hermano se iba de vacaciones con unos amigos me conseguí el auto de mis papás y fui a buscar el cuadro. Entre con la copia de la llave y cuidando que nadie me viera me llevé el cuadro, cerrando la puerta tras de mi. Aunque tendría que tenerlo escondido logré lo que quería: preservar conmigo el recuerdo de mi abuela y todo lo él hacía en mi.